Capítulo 15: la ciudad (parte 2)

Lo que le había parecido como aroma a menta se hizo hedor. Las bellas mujeres que rodeaban al Qadí de Balansiya se convirtieron en feas prostitutas que se peleaban por agasajar a su cliente y lamer la oreja de aquel viejo calvo de barba luenga e hirsuta.

-He hecho un viaje largo hasta aquí… -dijo Halem con un atisbo de ira en su voz.

-Y te he dado una larga respuesta. Te he contado que Balansiya nunca ha tenido ejército desde los tiempos del Gran Califa, que Al-Burt y Baniskula fueron tomadas hace ya varios años por los Rum, que la gente se muere de hambre por las calles y que aquí quien mejor vive son mis putas, que no se preocupa nada y les falta menos que nada.

-Entiendo… -la mueca de Halem fue apreciable por el Qadí, pero comprensible.

-Vuelve y diles a tus hermanos y parientes de Bofilla lo que te he contado. Tomad medidas al respecto. Como Qadí, es lo que puedo hacer. Consejo te di a través de Alá.

-Consejo recibí a través de su Qadí -recitó en la fórmula acostumbrada.

Cuando salió de aquel rincón de la ciudad, medio jardín, burdel y callejón que apestaba a orgía, se giró hacia Ruth.

-Gracias por acompañarme, dale las gracias a tu padre de mi parte igualmente.

-No parecéis muy contento -dijo la muchacha.

-La verdad es que no sé muy bien qué quería de este viaje. Estaba claro que nadie iba a mover un dedo por unos cuantos granjeros, pero por lo menos me llevo respuestas y algún recuerdo de mi viaje.

-Eso me contenta.

Ruth era la hija de Ismail, un comerciante de Balansiya. Se había comprometido a acoger a Halem unos días en la ciudad gracias en gran parte a la cerámica As-Qarrak que le había proporcionado Abdyel. Era amén de esto un hombre bien generoso, lo que se apreciaba en aquel rostro rechoncho que se asemejaba casi más a un bebe que a un hombre. Su hija Ruth era de rasgos muy similares a él, y en parte Halem recordaba en ella mucho a Amira.

Salieron a una calle más amplia y vieron pasar varios mulos con hortalizas que iban hacia las despensas de la ciudad, donde los oficiales del Taifa decidirían que hacer con la mercancía. Pero la curiosidad del joven se quedó allí, pues en breve Ruth le condujo por calles y calles, cada una más estrecha que la anterior, tanto que en una de ellas el joven tuvo que pasar de costado.

-¿Vienen caballos?

-No. Eso es la Llamada -dijo la chica mirando al muchacho con sus inocentes ojos negros-. ¿Sabes lo que es?

Cuando Halem iba a responder lo evidente comenzó a ver pasar a varios grupos de personas de tez como la leche. Eran muy extraños, pero vestían y hablaban como él.

-Son campanadas de madera, es la Llamada. Así es como los Mussab se reúnen -al ver la cara de ignorancia del joven continuó-. Son los descendientes de los Antiguos Rum, aquellos que moraban Balansiya antes de los Hijos de Alá. Practican todavía la religión de los Rum y se les tolera hacerlo, pero no puede ser vista ante los ojos de los Hijos de Alá o se les condenaría a muerte.

<<Qué forma tan curiosa de tolerar>>.

Compartieron el camino con los extraños viandantes un rato al son de los golpes de las campanas de madera de los Mussab. Llevaban vestidos extraños de infinidad de trazos marrones y grises y casi más cadenas de algún metal poco valioso rodeándoles el cuello.

Por fin entraron en la casa de Ismail y Ruth, acogidos por sus criados. La austeridad del exterior fue aniquilada por un estruendo de colorido verde y rojo, tapices, muebles, figuras de alabastro, instrumentos extraños exóticos y aromas que Halem nunca había soñado. Los criados les acompañaron hasta Ismail, sentado en un enorme cojín de terciopelo rojo anaranjado con borlas doradas. Leía en un rollo algo mientras con una pluma de oca anotaba algo en los márgenes.

-Bienvenido seáis Halem de Bofilla. ¿Qué respuesta os ha dado el Qadí?

-La esperada.

-Comprendo -dijo el hombre, rollizo, simpático, agradable; sin dejar nunca de sonreir-. No os preocupéis: de un Qadí siempre se obtiene más sabiduría que la esperada.

-Y así ha sido. Me ha contado mucho de la situación actual de la ciudad y de los Rum. No tenía ni idea de que la cosa fuera tan…

-¿Mal? -pronunció sin tabú-. No os preocupéis. Siempre puede ir todo a peor.

<<Esa debe de ser su filosofía de vida>>

-¡Comamos de una vez por Alá! Parece que en mi estómago se esté realizando la más ruidosa de las batallas -zanjó con dos palmadas-.

Unas criadas vestidas de sedas azulonas les rodearon de unas túnicas suaves y frescas para ir por la casa. Estaba muy oscura, así que encendieron varios candiles y velas, amén de inciensos y demás. Sentaron a Ruth y a Halem en dos cojines y prepararon una alfombra de colores a modo de mantel.

Nunca había visto tanta comida junta. Se sirvió paté de garbanzos con aceite de oliva sobre pan de pita recién hecho, mientras el hombre contaba anécdotas y refranes chistosos para entretener al invitado. Después se trajeron rollitos de albahaca rellenos de ajos fritos y judías frescas, queso de oveja con piñones, croquetas de cordero, trigo y bellotas y mucho más. Halem estaba tan contento que casi podía llorar.

-¿Cómo es Bofilla, Halem? -preguntó Ruth mientras se ajustaba el moño que recogía su cabello.

-No es como todo esto -dijo algo avergonzado.

-No debes menospreciar tu tierra, joven -rió el hombre mientras una gota de grasa le resbalaba por el labio inferior-. Nosotros, te habrás dado cuenta, no somos muy “normales”.

Ese sí que había sido un tabú para Halem. Aquella familia era muy amable, lo cual de por sí no era habitual en aquellos tiempos. Pero lo que más llamaba la atención era esa forma de vestirse, con sedas negras plateadas. En realidad, sus nombres, su casa, sus adornos… No eran normales.

-Nosotros venimos de una tierra perdida en el tiempo: Israel. Nuestros antepasados llegaron aquí hace tanto que nadie lo sabe de verdad. Pero nuestra antigua fe se perdió hace mucho, al menos en mi familia. La cultura que nos rodea es la de los Hijos de Alá, mas la leemos con nuestros ojos. ¿Me entiendes, ¿verdad?

Asintió. Era interesante porque no eran grandes diferencias, sólo pequeños detalles como los nombres, algunos adornos. Lo cierto es que la comida no era nada extraña. Las criadas pusieron en la mesa entonces carne de pavo y pollo con una espesa salsa blanca de ajo, aceite y limón. Todo ello estaba hecho a la brasa sobre un lecho de perejil y ajos frescos en una bandeja de plata. A un lado en la alfombra, una pequeña olla de barro se abría para mostrar arroz de cordero con una salsa de tomate y aceitunas negras.

-¿Qué haréis con la cerámica que os regalé?

-Soy comerciante -sonrió-: la llevaré tan lejos como haga falta para encontrar a alguien que aprecie su alto valor. Y que también pague mucho por ella, claro está; ja, ja.

-Mi hermano estará bien orgulloso de que hayais apreciado tanto su trabajo -y él también lo estaba, pues de ello llevaba allí comiendo y bebiendo 5 días sin pedirle nada a cambio aquella familia de gente que nunca le había visto alguien.

-Sois un hombre afortunado…

-Supongo que quieres decir rico, ja, ja. Lo cierto es que sí, lo soy. Tener negocios es mucho más sencillo que tener un huerto. Ni te imaginas lo que le gusta a la gente tener dinero contante y sonante y lo que se puede hacer con él. Tengo barcos que llegan tan lejos que ni te lo imaginas: desde las costas de Tunisia hasta Siria y el Líbano. Allí vendo y a cambio me dan dinerillo, je, je. Pero ahora… -dejó de sonreír-. No sé que pasará en Balansiya.

-¿Lo decís por los Rum?

-Los Rum son algo que está ahí, pero que creemos que no llegará nunca. Y la verdad, no me acabo de imaginar a esos bárbaros que no saben más que beber y hacer la guerra dirigiendo una ciudad como Balansiya. ¿Tendrán ellos también nuestros bellos jardines, mujeres con joyas y perfumes que canten poemas de Abumalxí a la luz de la luna? No lo creo. Lo que me preocupa es lo que tenemos aquí.

-El Qadí comentó algo al respecto del Taifa…

-Zaid. Sí. Se ha empeñado en seguir las normas del Califa-de-más-allá-del-Mar. Nadie más lo hace, y hay gente importante en Balansiya que no piensa tolerarlo, no le conviene. Esa inestabilidad puede llegar hasta mis negocios.

-Que Alá no lo permita.

-En eso confío yo…

Vinieron entonces jarras de te verde con menta silvestre y pastelillos de almendras con miel, la cosa más dulce que jamás había probado Halem.

Capítulo 15: La ciudad (parte 1)

El recuerdo del frío de las últimas semanas era muy intenso, tanto que se sentía la misma angustia intensa en el pecho cada vez que se concentraba en lo mal que lo había pasado. Parecía que sus manos no podían ser más claras. Tanto tiempo bajo la llovizna suave y mortecina había hecho de él una masa temblona cubierta con una manta y un qarih verde oscuro, que casi era negro de lo empapado que estaba. No se lo pensaba quitar. Bien sabía Halem que no temblaba de miedo, y eso le llenaba por dentro de un calor inexplicable que compensaba todo lo demás con altas creces.

-He v-visto a-a un R-Rum… -decía en voz baja tiritando de frío-. No es c-cierto: ¡a dos! Y a uno le he he-hecho daño, y al o-otro lo he mirado sin mearme en-encima…

Estaba tan orgulloso que no se lo podía creer. No importaba que hubiera tenido miedo, porque eso era algo totalmente natural. Su padre habría dicho que incluso era necesario, que sólo los que tienen miedo pueden llegar a comportarse como valientes. Los demás, en cambio, hablan de cosas que no han sentido en sus carnes. Y Halem había sacado de sí lo más que había podido para sobrevivir. Nunca había confiado tanto en sí mismo. Quizá por eso cuando huyó del Rum se había guarecido en aquella cueva, de húmeda superficie y paredes que goteaban tanto que casi parecía como si la piedra se escurriera entre los surcos del agua.

Había pasado semanas viviendo en aquella cueva, cazando ratas y algún conejo en el mejor de los casos. Sabía que no lejos de ahí tenía que vivir gente, ya fuera en Balansiya o en sus alrededores. Nada de eso le importaba. Halem quería tomarse su tiempo, meditar cómo debía actuar. Estaba pensando más que nunca en toda su vida. Su soledad era su amiga. Y el recuerdo su peor enemigo.

<<Ir a Balansiya puede ser una locura en estas condiciones. Pensarán que soy un mendigo con esta manta que huele a mierda de mula y esta ropa que huele a mi propia mierda>>.

Sus pensamientos no eran los más alentadores. 

<<Hace tanto frío… Me encantaría estar en casa junto al fuego de Hageg escuchando historias de los tiempos del Gran Califa con mis hermanos… No sé qué hacer… Es que no soy capaz de imaginarme qué hacer. ¿Qué le tengo que decir al Qadí? “Hola buen señor: me llamo Halem, deme hombres para combatir a los Rum”. No, no; es una locura -reflexionó largo rato hasta que se dio cuenta de que no sabía qué debía pedir exactamente-. “Hola señor Qadí, mi nombre es Halem de Bofilla: necesitamos ayuda como sea, nuestras casas están siendo atacadas…” Da igual -se dijo-. Seguiré apestando a mierda tanto como en este momento>>.

Pero ya nada de eso importaba. Era un recuerdo, un fantasma del ayer que marcaba su memoria. <<Soy un cobarde>>, se decía. Y sin embargo había dado un paso, luego otro y luego otro. Cuando hubo salido de la cueva buscó el norte y se orientó.

<<Al este, vé siempre al este hasta llegar al mar. No puede estar muy lejos>>.  Tenía razón. Cuando se quiso dar cuenta habían pasado minutos caminando, horas sudando, un día entero de camino.

Un fulgor blanco intenso le llenó el rostro. Sus ojos parecieron evaporarse, pero Halem había salido de circunstancias peores. Había escapado ileso de un Rum, de alguien o algo, no lo tenía muy claro. La gente hablaba de ellos y los rumores colmaban su mente de mitos, leyendas, dudas, miedo. Por supuesto que miedo. >. Halem había comprendido una vez más que el primer paso para una impronta que parece imposible es sólo uno: querer superarse.

El temor a lo desconocido fue su primer enemigo, pero lo había superado dos veces: haciendo frente a un Rum y luchando por sobrevivir. El calor de su alma le ayudó en dos ocasiones, no debía olvidarlo. Y ante él se alzaron las murallas anaranjadas de Balansiya. Estaba terriblemente sucio, con un aroma embriagador a heces y sudor, y no le importaba. Se sentía flotar, porque había conseguido lo que le parecía inalcanzable. Se apartó el sudor de los ojos antes de que se helara del viento gélido que todavía atravesaba aquellas tierras al final del invierno. Al menos pudo agradecer el beso del sol en su frente, el amigo que compensaba el fresco del anochecer. Así, pudo ver las murallas resaltadas por el color de la tarde cuando el sol se dirigía inexorable hacia su muerte rutinaria.

En las inmediaciones de la muralla multitudes enteras cultivaban huertos muy concretos de dimensiones pequeñas, yendo y viniendo de un lado para otro, hablando con hombres redondos como toneles que les daban órdenes. La puerta no era más que un espacio vacío en la muralla, pero que en épocas de conflicto armado se transformaba en poco tiempo en una puerta impenetrable que se construía con rapidez por la naturaleza de los materiales que conferían aquel bello naranja a las defensas de Balansiya. Pero de eso se enteraría después.

Pasó de largo a aquellas personas. No había nadie custodiando la puerta desde las almenas. Sólo vio un hombre con el gesto fruncido con una cimitarra ceñida a un cinto grueso en la cintura.

-Pasa -le dijo sin más a Halem.

-Vengo…. tengo que hablar con el Qadí…

-Que pases.

Y pasó. Estaba dentro de Balansiya.

Capítulo 14: fuego del norte (segunda parte)

<<Annah>>

Caminaba sobre un mar de carbón al rojo vivo, pero mis pies estaban intactos. Sentía con toda tranquilidad el calor de las brasas como si fueran mil agujas clavándose en las llemas de mis dedos, pero no sentía dolor. El caminar se hacía lento, parecía que nunca iba a salir de allí. Alguien me llamaba en la lejanía, pero no entendía su voz. De hecho me hablaba muchísima gente, creo que era Abdul o quizá Halem. Pobre Halem… Hacía semanas que había partido, y Balansiya no está tan lejos. ¿Se encontraría bien?

<<Annah>>

Eso es lo único que podía escuchar. Muchas personas me llamaban, pero esa palabra extranjera resonaba en mi cabeza como los tambores de los Rum. Hallé un punto de convergencia: las voces venían de mi izquierda, pero eran muy débiles. Creo que podía reconocer a Abdul, sí, esa voz suave pero firme y delicada que se alzaba por encima de los demás. Mi querido hijo.

<<Annah>>

Esa palabra no se iba. Cada vez me hundía más en las brasas y sentía un calor intenso en mis mejillas, pero no me dolía. Era todavía peor: me desesperaba. Sacaba la pierna izquierda y luego me hundía con la parte opuesta del cuerpo. Era imposible avanzar, pero entonces vi a mi hijo al fondo de las brasas. Lo rodeaba una intensa niebla naranja. El cielo era también naranja, y no me había dado cuenta. Se avecinaba una tormenta, pues los rayos caían a su alrededor. Sus labios se movían con rapidez, como si me estuviera diciendo algo con desesperación, pero no podía oírle.

<<Annah>>

Se oyó ahora demasiado fuerte. La cabeza empezó a dolerme demasiado. No pude más, no tenía fuerzas para sacar las piernas de las brasas. Estaba hundido hasta el cuello y la barbilla empezaba a calentarse. Insisto, no sentía dolor, pero no podía aguantarlo. Sólo cuando mis ojos sintieron el tacto firme de la piedra ardiendo me di cuenta de que las brasas eran huesos, negruzcos y calcinados. Mi alma se partió en mil pedazos. Mi hijo seguía llamando en lo profundo, abrazado por la inmensidad del cielo naranja y con los rayos dando mil vueltas sobre él. No podía hacer nada.

Entre los restos humanos pude reconocer, justo antes de hundirme, la calavera ardiente de Jamal. La carne parecía correr por sus pómulos huesudos como si fuera un sudor denso y amarronado. Sus ojos permanecían intactos sin dejar de mirarme. Me dijeron algo, pero no podía escucharlo, porque no pronunciaban palabras. Eran ojos de culpa, ojos de advertencia y de resignación, pero sobre todo ojos de dolor intenso.

<<Annah>>, sonó una última vez antes de hundirme por completo. Fue cuando estuve sumergido en un mar de carbón ardiente cuando comencé a sentir todo el dolor a mi alrededor, pero seguía sin ser físico. Reconocí entre los cadáveres calcinados a Hassam, que me comenzó a  apretar el cuello con inquina. Amira también estaba allí, y se unió a él intentanto estrangularme. Mi pequeño Halem avanzaba nadando hacia mí con un gesto horroroso, con la barbilla desencajada y sin ambos brazos. Comenzó a morderme la pierna izquierda tan fuerte que sus dientes se hundieron con una fuerza exagerada en la carne. Así siguieron todos los habitantes de Bofilla, que componían ese mar de muerte y dolor.

Las voces de mi hijo hacían largo rato que se habían ido. Me asfixiaba por dentro, pero no era dolor, era una sensación extraña que nunca había tenido antes. Mis ojos estaban abiertos como platos. Justo antes de morir la calavera de Jamal se acercó hacia mí con esos ojos marrones intactos entre los huesos negros consumidos por el odio. Entonces Jamal dijo algo con una voz ronca y severa.

-Te lo dije.

Desperté con la respiración acelerada y con todo el cuerpo temblando. Miré a mi izquierda y allí estaba Jamal durmiendo con una sonrisa en los labios, abrazando a su hija, Yadiz, quien era la única que quedaba con vida de la descendencia de Jamal desde que había llegado a Bofilla. Contemplé sus mejillas sonrosadas y su pelo negro rizado con alivio. Me levanté y miré a mi alrededor. Abdul dormía también. Podía respirar, pero no con toda tranquilidad. Algo iba mal. Tenía que ver a la nueva.

Cuando salió el sol me dirigí a su choza, allá al norte, dejando atrás la Gran Acequia y los campos de hortalizas y cereales. Cualquiera habría dicho que era el lugar de cualquier otro hijo de Alá, pero lo cierto es que todo en Annah era un misterio. No sólo vivía sola, sin estar desposada a un hombre o protegida por un padre, sino que no profesaba la Fe. Su físico, sus palabras, su voz, sus ojos. Todo en ella era diferente.

Viendo aquella diminuta construcción de tierra  y adobe se pasó por mi mente aquel día, el día en que los Rum vinieron, cogieron lo que quisieron y se largaron dejando tras de sí fuego y sangre.  Nosotros éramos más, por eso habían sido menores los daños. Mentira. Todos sabíamos que si los Rum habían huido de aquel acto de pillaje era porque alguien les había plantado una seria barrera, y esa era Annah. Para los Rum no somos más que hormigas, enterrados en nuestras diminutas aljamas, sin armas ni experiencia en el combate, mientras que ellos viven para la guerra. Ese día Annah había demostrado ser una luchadora, saber manejar la espada y con sus esfuerzos no sólo entró en lucha con aquellos extraños, sino que hirió a uno de ellos bajo la cota de malla. Era, sin duda, una sorpresa para ellos. Por eso se fueron, porque se sintieron amenazados. Y eso es algo muy extraño. Ella es extraña.

-No esperaba verte dos días seguidos, Hageg de Bofilla -dijo Annah detrás de mí. Llevaba en sus manos un buen montón de madera.

-Que Alá sea conti… -fui declinando la voz hasta que cambie la frase-. Buenos días.

-Igualmente -dijo con la sonrisa de siempre, esa sonrisa diferente y misteriosa. Se metió en la choza sin decir nada. Sus aires de altivez chocaban con las costumbres de mi pueblo. Ninguna mujer actúa de esa forma en Bofilla. Prácticamente actuaba como un hombre. La seguí al interior de la casa.

-¿Necesitas que te ayude con esa leña?

Annah estaba agachada depositando los trozos de madera en un hueco junto a la chimenea que estaba empotrado en la pared de adobe.

-No, Hageg. No la necesité para ir al bosque a talar el árbol del que salieron y tampoco lo necesito ahora -su voz era calmada, dulce. No parecía enfadada ni actuando con osadía. Sólo decía lo que pensaba con suma tranquilidad. Siempre parecía estar alegre-. Pero tú no has venido aquí por eso, ¿verdad?

-Es obvio que no -para qué engañarla.

-Y que deseas.

-Creo que ayer dejamos una conversación a medias, después de que nos libraras de los Rum.

-¿Así lo crees? Protegía mi casa, mis cosas, mis pertenencias. Pero gracias por tu gentileza.

-¿Dónde aprende una mujer a luchar así? -había conseguido introducir la conversación para poder hacer lo que de verdad quería saber: quién era esa chica.

-Te aseguro que muy lejos de aquí -zanjó sin más. Sus ojos me miraban desafiantes, como tratando de decirme que cualquier pregunta tenía una respuesta y ninguna sería la que esperaba, ni me sería útil.

Hice un ademán de sentarme y me lo confirmó. Me fui a sentar en un baúl tapado con una manta. Justo antes de que pudiera terminar la acción se abalanzó sobre mí con un “no”. Protegió aquel mueble como si toda su vida estuviera encerrada dentro.

-Son recuerdos de toda una vida -se explicó nerviosa-. Discúlpame, siéntate en la alfombra conmigo.

Lo hice. Estuvimos conversando un buen rato acerca de lo que había pasado el día anterior, del ataque de los Rum. Parecía una persona animada, nunca dejaba una conversación terminada si ella no quería. Hablar de ella, lo cual era mi intención, no parecía posible. Siempre podía desviar la charla hacia donde ella quería. El tema central se convirtió en los Rum.

-¿Desde tan al norte?

-Así es, Hageg -dijo con sus labios finos y rosados-: vienen de mucho más allá de la Taifa de Balansiya, de más allá incluso que el Gran Río.

Puede que sólo dos o tres personas en Bofilla supiéramos dónde estaba el Gran Río. Las gentes no salen de su pueblo más que para relacionarse con las aljamas vecinas, muchas veces por cuestiones familiares. Más allá de la Sierra del Desierto lo conocido para los de Bofilla era muy borroso. Incluso la propia Taifa de Balansiya tenía límites desconocidos. Los lindes de los reinos los ponían los reyes, no las aljamas. Nosotros vivíamos de lo que hacíamos, y ellos trataban de que les pagáramos un impuesto a cambio de venderles esto o aquello. Las directrices de la ciudad sobre nosotros, del rey sobre su reino, no iba más allá de la ciudad. En cualquier caso, no había duda de que Annah tenía mucho mundo.

-Sería muy absurdo preguntar por qué nos atacan, ¿verdad?

La joven clavó sus ojos en lo más profundo de mi alma.

-Por lo que quiere todo el mundo, por lo que atacan todos los hombres. Por poder. Para ellos somos enemigos de nacimiento. Igual que para los hijos de Alá ellos son infieles, también lo es al contrario. Pero ellos no lo aceptan -se levantó y se apoyó contra la pared como si le doliera algo en su interior. Una lágrima pareció caer al suelo-. Todo lo que no es de su mundo, es malo y ha de ser destruido o sometido…

No tuve miedo en decir lo que pensaba. Me levanté y apoyé mi mano en su hombro con pesar. Su melena caía hasta sus muslos. Era bellísima.

-Los conoces demasiado bien, ¿cierto?

Ella se volvió hacia mí. Me miró con los ojos brillantes por la pena de algún recuerdo que vagaba por la habitación, aunque yo lo ignoraba.

-No tienes ni idea de lo que son capaces de hacer. Una vez estuve en una ciudad -no dijo cual ni cuando-. Había tanta gente y tan diferente. Allí te puedes escuchar diez idiomas diferentes a cada paso, Hageg. Cada cual vive y no dice nada del de al lado. Cada uno profesa su fe, sólo ha de reconocer la autoridad del taifa, de Alá y del Profeta. Pero ellos… A ellos no les basta con someter. Necesitan destruir.

La expresión de su rostro me estremeció. Parecía haber vivido cosas terribles, pero hace unos minutos tenía la más intacta de las sonrisas. Apoyó la cabeza en mi pecho, y a mí se me cortó el aliento. Una mujer no debía actuar así con un nombre sin estar comprometida… Lo decía la Sumna, la tradición, la ley. Pero me gustó que lo hiciera.

-Arrasarán todo lo que quieran, Hageg. Nadie los puede detener. Tienes que pensar en ti y en los tuyos, ir a donde sea necesario y protegerte mientras puedas, pero tienes que saber cuándo hay que retirarse. Podrías tratar de golpearlos mil veces, y te quemarías hasta que no quedara nada de ti. Son como un fuego: crecen sin parar y si tratas de apagarlo te quemarás primero y todo será en vano. Y no -dijo respirando hondo-: no hay agua suficiente para extinguir este fuego del norte.

Recordé cómo me había hundido en las brasas en aquella pesadilla. Quizá estábamos enfocando mal el problema. ¿Deberíamos huír como Jamal? ¿Dejar Bofilla? No sabría a donde ir… Pero Halem aún no había vuelto… Había que esperar un poco más.

Capítulo 14: fuego del norte (primera parte)

Los árboles parecían ascender hasta el infinito. Algunos amigos corrían haciendo volar la imaginación como las afiladas hojas de los pinos que les rodeaban. Pasaba el mediodía y el sol comenzaba a anaranjarse.

-¡Toma! -dijo Ferûm golpeando a Abdul en el costado con una rama que se había encontrado-. Ahora te he matado y tienes que servirme como fantasma del bosque -explicó mientras se apartaba los cabellos sucios y pegados del pelo. Como todos los hijos de Zaid, Ferûm llevaba el pelo largo y, en este caso particular, lleno de sudor y barro.

Abdul gritó por el latigazo que había recibido y se volvió indignado hacia Ferûm.

-No vale hacer daño -explicó ofuscado. Cuando se enfadaba ponía el mismo gesto que su padre, aquella mirada profunda y siniestra que parecía atravesarte con la mirada con saña. Pero a esas edades Abdul se parecía mucho más a su difunta madre.

Por detrás de ellos apareció Gheresem y se tiró encima de ellos mientras decía alguna que otra tontería. Los chicos calleron al suelo y Ferûm se magulló la rodilla.

-Estás poniéndote tan gordo como tu padre, idiota.

-Que te calles, Ferûm. Tu padre está también bien gordo, pero el mío almenos sabe hacer algo más que comer. Mi padre es un buen artesano -contestó Gheresem mientras se acercaba en aires desafiantes.

-Desde luego que si, gordito: las artes del lechal las maneja perfectamente. Seguro que ahora mismo está comiéndo higos con almendras. Si se descuida puede que se coma un trozo de pared de esos que hace…

-Es cerámica As-qarraq, cretino.

Cualquiera diría que iban a llegar a los puños, pero lo cierto era que tal cual reían como se insultaban. Eran niños, ¿no? Abdul se subió a lo alto de un montículo de tierra que culminaba en una roca firme en la cual se erigió como un rey o quizá un dios.

-Los fantasmas del bosque me han declarado rey, chicos -explicó el joven quitándose la bufanda y poniéndosela en la frente como si se tratara de la corona más lujosa-. Ahora vuestras almas son mías, y tendré que comérmelas -concluyó mientras gritó y persiguió a sus amigos.

Quizá Gheresem estuviera realmente algo entrado en carnes, pues su lentitud hizo que Abdul lo agarrara bien pronto y le pusiera la corona. Su amigo empezó a perseguir a los demás, pero su lentitud le pasaba factura. Y Abdul se pasaba el día dando vueltas por el bosque día a día, pues le encantaba el aroma a rocío y el sonido del viento entre los pinos hibernales.

-¿Dónde os habéis metido?

Los chicos no estaban. Gheresem dio varias vueltas por las cercanías, pero no halló ni rastro de sus amigos. Se quitó la corona al suelo frustrado.

-Empieza a oscurecer sabéis… Venga chicos…

Ferûm salió de detrás de él y le tiró al suelo de un empujón.

-El rey de los fantasmas ha muerto, ahora yo soy el héroe del bosque -se autoproclamó el muchacho apartándose de nuevo el pelo de la cara que se le había pegado por el sudor de la hazaña.

-¡Abdul! Vuelve. Es tarde y habrá que cenar… Y mi madre sino llego a tiempo se enfada.

-Todos sabemos que es tu hora favorita -magulló sonriendo Ferûm.

Gheresem iba a darle un buen azote cuando Abdul bajó de un pino. Se había subido al más alto que había encontrado y trataba de permanecer ahí para que no le encontrara el rey de los fantasmas. Pero desde su posición había visto Bofilla, y también fuego y gentes extrañas que no había visto nunca antes. El muchacho explicó la situación a los otros.

Gheresem se llevó las manos a la cabeza.

-¿Qué hacemos? Si vamos nos matarán a nosotros también.

-Nadie va a morir, cálmate -dijo Abdul con la templanza que caracterizaba a su padre.

-Vayamos a pedir ayuda -propuso desesperado Ferûm-. Si partimos hacia el oeste entre el bosque podríamos llegar a Beniqual al amanecer.

-¿Eso es ayuda? -dijo indignado Abdul- Eso es huir, y no pienso irme de Bofilla. Nuestras familias están aquí…

No hubo tiempo de encontrar una propuesta. Eran niños, y todo lo que pudieran decir no tendría la suficiente madurez como para que les ayudara. Necesitaban mucha calma y experiencia, y en Bofilla no se habían vivido acontecimientos tan grandes como los de los últimos meses. Abdul recordó la cara del hombre muerto que habían hallado en la torre de Alhadar’as, con aquella expresión anodina y la piel tensa y blanca como un campo nevado. Ese día le había hecho más fuerte. Dentro de él había ganas de luchar, de no dejarse arrastrar por las circunstancias y poner la huella que haría su camino completamente distinto. Lo sentía, sí. Pero igualmente tuvo esa extraña sensación de que no era su momento, pero que haría grandes cosas. Ahora no podía dar soluciones a tan grandes problemas, aunque sintiera un gran arrojo en esa labor. Algún día, quizá, pudiera llegar a conseguirlo.

-Se marchan -dijo Gheresem con el brillo de la esperanza en los ojos.

Cuando el trote de los caballos desapareció en la lejanía como una suave llovizna cuando toca a su fin, salieron del bosque y fueron hacia sus casas. Ya era prácticamente de noche, con el cielo gris y la visión empañada del fulgor nocturno. Corrieron juntos hasta el centro del valle, donde la Gran Acequia se mantenía impasible desde hacía siglos. Vieron humo en la choza de Gheresem, pero no había nadie allí dentro. Su padre no estaba allí.

-¡Padre! ¡Madre! ¿Dónde estáis todos?

Abdul y Ferûm se temieron lo peor, mirándose con un silencio firme y tenso. El pobre Gheresem casi podía sertir esa sensación de lástima que proviene de otros, y se sintió muy triste y pequeño. Pero no estaba tan solo como creía.

No encontraron a nadie en sus casas, era como si todo el mundo se hubiera ido. No encontraron a nadie, vivo o muerto, en ningún lugar. Varios campos ardían en silencio.

<<¿Dónde están todos? ¿Se los habrán llevado los Rum?>>, pensó Abdul con un nudo en el estómago. Pronto halló respuesta, pero Gheresem fue el que la pronunció en voz alta.

-¡Ahí está todo el mundo! -gritó el hijo de Abdyel, con el aliento de la esperanza escapando de su estómago.

Vieron en la lejanía a una muchedumbre. Probablemente se trataría de toda la aljama, al completo. Desde lejos se podía ver el faqh morado de Jihun, y Gheresem se llenó el pecho de alegría. Su hermano mayor vivía. Conforme se acercaron reconocieron a Jamal, con su barba abundante y sus ojos fieros;  y Hassam, preocupado y andando de un lado para otro a grandes zancadas. Los niños y mujeres de Bofilla, por su parte, permanecían ausentes. También estaba allí Zaid y Samir, primos lejanos de mi familia y también residentes en Bofilla, cuyo rasgo más conocido son sus ojos grises a los que todos llaman la atención. A la única persona que Abdul no pudo reconocer era con quien yo hablaba en el momento de su llegada. Todos los hombres de Bofilla estaban allí, y también aquella extraña mujer.

-¡Padre! -dijo mientras me abrazaba con fuerza-. He pasado tantísimo miedo… -y se echó a llorar.

-Hijo, temía por tu vida -no le mentí, aunque le pudiera poner más nervioso-. Ahora quiero que vayáis todos a casa, tú y tus amigos. Hablaremos luego.

Abdul hizo ademán de querer quedarse, pero no pudo insistir ante la mirada que le puse a sus pretensiones. Se fue, pero no dejó de mirar a la extraña, aquella que había conocido hacía unas semanas en un día lluvioso. Portaba un sable muy extraño.

-Tu hijo se parece mucho a ti… -inquirió Annah. Recordaba perfectamente a Abdul de aquella noche fría y húmeda.

-Calla, extraña -dijo interrumpiendo Hassam. Llevaba una horca y tenía un corte largo en el brazo izquierdo-. Te estaba preguntando que quién te ha enseñado a luchar así. ¿Desde cuando una mujer lucha como un hombre?

-Desde que los hombres lloráis como mujeres.

El silencio fue casi sepulcral. Al final tuve que intervenir.

-Bueno, dejémonos de discusiones -zanjé-. Estamos todos bien, algunos heridos -dije mirando el brazo de Hassam-, pero no ha habido ningún muerto y no se han llevado demasiado.

-Hageg -dijo Jamal-, con tu permiso haré un inventario de lo que se han llevado.

-No sabía que supieras escribir -medité sorprendido-. Como quieras. Ha sido un día muy duro, así que estaría bien que cada cual trate de arreglar lo básico para dormir bien hoy y si apagar los fuegos que queden todavía. Yo tengo que hablar con la nueva.

Cuando todos se dispersaron envainé porfin la cimitarra que había sido de mi padre y había tenido que utilizar para defenderme de los Rum. Eran cinco jinetes con sus antorchas, espadas y armaduras. Se llevaron el grano almacenado en la torre de Alhadar’as y lo que pudieron, que no fue mucho en realidad. La peor parte fueron las quemas y los golpes de los que tratábamos de defender Bofilla. Tuvimos suerte de seguir con vida. Y eso que eran sólo cinco hombres… Nosotros muchísimos más, pero se nota que ellos han sido entrenados para esto.

-Disculpa a mis compañeros. Están muy asustados -le dije cuando nos quedamos solos.

-Disculpados están. Gracias por llamarme “nueva” y no “extraña”, a pesar de que lo sea -dijo con aquella voz. Nunca olvidaré esa voz. Su acento era extraño pero suave, prácticamente parecía una Hija de Alá sino le viera el rostro.

-Me llamo Hageg. Esos hombres eran mis hermanos y parientes. Si necesitas algo dínoslo, dado que ahora vives en Bofilla.

-No vivo en Bofilla -dijo ella-. Vivo más al norte, donde técnicamente nadie se atreve a vivir -su tono era muy rotundo, como si tuviera la experiencia de una vida detrás para medir paso a paso la fuerza de sus palabras.

-En cualquier caso, gracias por ayudarnos. Me has dejado perplejo, casi consigues matar a aquel Rum… -le confesé, y no debería haberlo hecho.

-He visto muchos Rum, Hageg -dijo acercándose a mí. El peso le caía libre sobre la espalda, sin llevarlo cubierto, sin ningún reparo. Esos cabellos caían como cascadas de carbón serpectadas con centellas de plata, como si se tratara del refugio de una luna mordaz. En la diestra sujetaba el extraño sable con el que había combatido con un Rum, dejándolo casi boquiabierto-. Es tarde. Voy a dormir -dijo sin más, sonriéndome con aquellos labios de miel y la mirada exenta de inocencia mientras me daba la espalda-.

Se hizo de noche. La luna parecía fluír por la espada de la joven y  por sus cabellos.

-Aguarda -la espeté-. No me has dicho tu nombre.

Se giró hacia mí, sonriendo de nuevo. Sus ojos eran negros como el ónice y a la vez marrones como el cálido roce de una lumbre en la noche.

-Annah.

Capítulo 13: el calor de tu alma

Nunca se había alejado tanto de su hogar. El viento gélido de las postrimetrías del invierno le cortaba los labios y le calaba los huesos por la intensa humedad. La mula jadeaba incesante, convirtiéndose en parte del musical espectáculo del viento que restallaba sobre los abedules pelados. Halem llevaba más de un día de camino, y Balansiya no podía estar mucho más lejos de Bofilla que dos jornadas o dos y media, pues todo el mundo decía que a 3 jornadas se hallaba la costa.

Recorrió el camino primero atravesando el Bosque del Sur y luego pasó de largo las Cumbres de Poniente, donde se decía que comenzaba el verdadero término de Balansiya, cuyos campesinos ya no podían vivir para sí mismos, sino para la ciudad, viviendo al mismo tiempo de lo que ésta les dejaba. Las largas y costosas cuestas se hicieron colinas y llanuras, y la piedra quebradiza se fue volviendo más fina y limpia. El paisaje cambiaba con tal rapidez que el frío se hacía más fuerte, pues no había montañas que lo pararan. Las cumbres dejaron paso al llano, pues se acercaba a la costa.

-Frío es el recuerdo -pronunció en voz alta. Era lo que decía su padre cuando él era pequeño. Era un hombre sabio a quien Halem sólo conocía por las historias de sus hermanos mayores, especialmente por las mías-. Frío es el pesar, pero nunca es frío el futuro -eso tenía que pensar, que no había mal en el futuro, porque siempre está por llegar y por calentarnos nuestra alma si preparamos el fuego propicio.

Pero hacía mucho frío y, para colmo, el sol estaba oculto entre gruesas y malvadas nubes que amenazaban tormenta. Se ajustó el qarih verde oscuro que le había regalado Amira y se atusó el bigote con los dedos índice y pulgar de la diestra.

-Amira… -dijo sonriendo. Siempre había sentido algo especial por su sobrina, era casi como una hermana pequeña. Cuando eran solo una niña Halem pasaba mucho tiempo con ella, pero pronto su hermano Hassam trató de que se encaminara a sus labores de mujer y Halem la veía ya poco tiempo. Aquel pañuelo tan suave era más que una prenda. Significaba que después de tantos años ella recordaba todo ello, no se había convertido en un intrascendente episodio de la vida infantil de la muchacha.

La lluvia llegó antes de lo previsto. Alá no estaba de su parte aquel día. En el llano no abundan las cuevas, así que buscó otras opciones. No tenía mucho tiempo. Dejó a la mula y aplastó las riendas con una piedra enorme. Exploró el terreno en busca de algo que le sirviera de poste. Tras dar unas cuantas vueltas encontró un campo de olivos. La lluvia estaba cerca, y no podía permitirse el lujo de que las mantas se mojaran. Llevó a la mula bajo los dos olivos más altos y cuyas copas estaban más juntas y se tumbó debajo de la mula con las mantas. El hedor era insoportable, y el frío era prácticamente el mismo, pero así no se mojaría.

-Frío es el recuerdo… -dijo tiritando. Pensó en Bofilla y en lo lejos que estaba de su familia. Su gesto se tornó triste, pero trató de seguir con la frase de su padre-. Frío es el pesar…

La mula se puso muy nerviosa y dando pisotones casi aplastó a Halem. Se escurrió por debajo de ella con rapidez y trató de calmarla. Caballos. Eran dos, grandes, blancos, enormes… montados. Dos jinetes miraban a Halem con curiosidad. El cielo tronó con fuerza y le cayó una gota diminuta en la nariz que se quedó ahí medio congelada. Eran dos hombres altos, con cota de malla, almófar y bacinete. Nunca había visto a nadie con esos sables tan rígidos sin curvatura. Uno se bajó y miró a mi hermano de arriba a abajo. Su rostro permanecía oculto. Era media cabeza más alta que él y parecía estar recubierto de hierro implacable. En su pecho colgaba una insignia con cuatro barras rojas sobre un fondo amarillo. Desenvainó su espada y se acercó a Halem.

<<Pero nunca es frío el futuro>>, pensó con ironía. Su futuro tocaba a su fin. Comenzó a llover con fuerza mientras el Rum se acercaba a el, y un trueno más fuerte que el anterior le sacó de su parálisis y de pronto a su mente vino una escena. Estaba sentado con sus hermanos en su choza, estando él en brazos de su madre, Heersham. Era tan bonita… Siempre se lo recordaba yo, pero ahora él la veía con sus propios ojos. Su cara era tan angelical como suave, y dulce como los mangos que crecen junto a la casa de Abdyel. Su padre estaba junto a él, mirando a Halem con ilusión. Entonces dijo algo y lo pudo recordar a la perfección.

-Frío es el recuerdo. Frío es el pesar, pero el futuro nunca es frío… El calor de tu alma te reconfortará con la fuerza de tus decisiones… -y el recuerdo se acababa allí. Pero su vida no iba a acabar sin hacer algo al respecto.

Dio un golpe al Rum y sacó la cimitarra que le había dado Jamal. Nunca había cogido algo tan pesado, pero tuvo suerte. Lanzó un tajo al Rum y le dio en la mano cuando este levantaba su espada. Maldijo al viento palabras incomprensibles, pero Halem tuvo tiempo de coger un canasto y salir huyendo. Los Rum no le persiguieron.

-El calor de tu alma te reconfortará con la fuerza de tus decisiones -dijo con una enorme sonrisa en los labios.

Capítulo 12: Ghefer y Jihun

Frío como el aliento del invierno, frío el lecho, la salud y la memoria. Ghefer se sentía muy muy frío. Ya desvariaba por los avatares de la edad y ni él mismo sabía la edad que tenía. De vez en cuando recordaba algo y eso le ayudaba a saber cuánto hacía del día de se nacimiento, pero también le permitía mantener la cordura.

-¡Hoy cumple 63 años! -había escuchado decir en una ocasión a su hijo mayor, Jyrieq, mientras le rodeaban un montón de críos que no conocía de nada.

-La edad de padre es muy avanzada… -le escuchó decir en otra ocasión-. Ya frisa los 80…

Las palabras le venían a la mente como las hojas del otoño caen de los árboles: rápidas, vacilantes, livianas y, finalmente, secas en un suelo de piedra anegado por los sucintos caprichos del destino. Todo parecía existir demasiado y en ocasiones todo parecía una mentira. A penas dormía, y cuando lo hacía despertaba entre fantasmas y maldiciones.

-¡Soltadme, soltadme! -gritaba esta vez, mientras Jihun lo sujetaba y le daba un poco de caldo de col mezclado con el Capricho de Amaranto, el más poderoso de los remedios que conocemos para calmar el dolor. Ghefer se lo tomó con ansias y luego calló rendido. Esa fue la escena que encontré con Jamal.

-Espero no importunaros, Jihun.

-Bienvenido seas, tío Hageg -contestó sin girar la cabeza, arropando al hombre en un lecho improvisado de paja y mantas viejas-. Y tranquilo, no me importunas: el único entretenimiento que tengo en esta choza son los ratos que el viejo no maldice o delira. Entonces puedo salir de estos angostos muros.

Jihun era mi sobrino, ibn Abdyel y aprendiz del faquir Ghefer. Mi hermano vio en él desde muy pequeño un gran interés por aprender y entender la Sumna y las costumbres y el derecho de nuestro pueblo. El faquir le aceptó como pupilo y, con sus 22 años, Jihun había quedado prendado de la tarea de cuidar al anciano, razón que con el paso del tiempo ha acabado por endurecer y entristecer su carácter.

-Venía buscando a Jyrieq, ibn Ghefer. Este es mi primo Jamal, de al-Naquira.

-Lo he oído de voces de otros, como todo en Bofilla. Siento lo que ocurrió a tu gente. Dichosos Rum…

-Lo sé… ¿sabes donde está Jyrieq? -insistió al comprobar que el joven no daba una respuesta.

-No. Hace más de dos lunas que no le veo por aquí -zanjó mientras se quitaba el faqh, el gorro morado más distinguido que porta siempre un faquir. A efectos prácticos, ya lo era, él daba consejo y tenía la voz del anciano si era necesaria expresamente.

-No pareces nada sorprendido -dije, pues a mí sí que me sorprendía.

-Ese hombre se pasa el tiempo fuera de casa.

-Todo el mundo dice lo contrario -contradije.

-Lo que diga todo el mundo no es, sino, una fina bruma de mentiras malpronunciadas -contestó Jihun con sarcasmo y erudición. Jamal no era tan perspicaz.

-Bueno, déjate de tonterías. ¿Te dijo a dónde iba o qué quería hacer? -intervinó impaciente mi primo.

-Por supuesto, recuerdo exactamente qué dijo: me voy, imbécil.

Ciertamente, nada de eso nos ayudaba mucho. Era evidente que no se llevaban bien, y puede que hasta fuera normal. Uno no estaba en casa para cuidar a su propio padre y el pupilo, alguien que esperaba recibir, acaba dando, y además lo más valioso: su tiempo. Pero Jamal sabía mucho más de lo que yo sabía o el propio Jihun sospechara por muy sabio que se creyera.

-¿Le viste hacer algo fuera de lo normal últimamente? -dijo Jamal estirando los hombros atrás como mostrando su fuerza y su ancho pecho.

-Te digo que apenas le veía. Era más fácil que el viejo cantara el Corán en copto tocando una flauta… Ah espera… Algo sí que hacía -dijo mientras Jamal fruncía el gesto por la espera y los sarcasmos-: rezaba una vez de más a la Ciudad Santa.

-En serio Jihun, es importan…

-¿Estás completamente seguro de eso? -me interrumpió Jamal como si su vida fuera en ello. El joven asintió y salió de la tienda sin decir nada. Yo salí tras él.

-Dime -le dije sin reparo.

-Cuando un Halalí reza seis veces al día, es porque va a matar en nombre de Alá, a alguien que sería inocente de no ser por una verdad terrible…

-¿Cuál? -mi corazón galopaba hacia realidades insospechadas.

-Que supone una amenaza.

Recorrimos el valle, pasamos de largo la casa de Abdyel y tras un largo paseo Jamal me subió a la torre de Alhadar’as.

-Yo acabo la jornada-dijo a Abu, ibn Zaid, quien tenía el turno de aquel día.

-No me pedirás nada a cambio, ¿verdad? -preguntó el joven, apartándose su extraordinariamente pelo liso de color bronce que le llegaba hasta los hombros. Al menos así no parecía estar tan delgado como estaba.

-Que te vayas -pronunció desafiando con la mirada Jamal, en tono tan calmado y serio que la torre Alhadar’as pareció estremecerse. Cuando hubo ido Jamal sacó algo de su bolsillo.

-¿Eso es gurh-gurh? Me parece que los faquires cuestionan la legalidad de esos polvos en la Sumna…

-Por supuesto que lo hacen, Hageg -contestó mientras sacaba los polvitos de un frasco de vidrio extraordinariamente bello. Los depositó en un trozo de su manga que previamente se había arrancado con fuerza. A continuación fue prensando el cataplasma con los dedos y trató de envolverlo con otro trozo de su manga para que quedara lo más compacto posible-. El gurh-gurh se obtiene de varias cosas del bosque: resina fresca, la arena más seca que puedas y otras cosas que no puedo decir ahora. Cuando se mezcla todo queda este brillante color amarillo blanquecino por el cual lo conoces.

-Sí… Padre lo hizo una vez cuando yo era muy niño…

-Porque tu padre era el faquir, lo recuerdo muy bien. Ghefer era su pupilo y tú aprendías de que lo que le enseñaba. Tu padre era un faquir muy especial. Qué gran hombre era Hakemm…

-Lo sé… -dije con tristeza al recordar su terrible final.

-Está prohibido porque está aquí mucho antes de que los Primeros adoptaran la fe de Alá -explicó mientras seguía apretando con todas sus fuerzas el producto resultante-. Los Primeros vinieron de más allá del Estrecho, de más allá del Alger, Túnez y Egipto. Los que vinieron junto con los aprendices del profeta venían de muchos sitios diferentes. Nuestros antepasados no creyeron en el Profeta ni en su Señor hasta los tiempos del Gran Califa. Este producto lo utilizaban para marcar la marcha del ganado. Hace ya siglos que… -cortó a mitad la narración, pues terminó de prensar el gurh-gurh-. Listo. Apártate.

Lo hice. Cogió agua de su cantimplora y roció la bola de tela. El comprimido gurh-gurh empezó a humear a un ritmo alarmante. Entonces lanzó el objeto con decisión contra el suelo de piedra de la torre, y en respuesta un proyectil de chispas rojizas y anaranjadas salieron despedidas hacia lo más alto del cielo, tan alto que seguro que lo podrían ver en muchísimas aljamas de la vecindad.

-Y ahora esperaré ayuda. Es esa chica, Hageg -me dijo-. Jyrieq debió de querer acabar con ella. Tiene algo malo, muy muy malo. Sino no hubiera llegado a ese extremo. Tenemos que hablar con ella…

El joven Abu volvió corriendo con los ojos llevados de locura y con el alma fuera de sí.

-¡VIENEN LOS RUM! ¡VIENEN LOS RUM! -gritó el muchacho como en la vida había hecho.

-Fantástico -dijo Jamal serio-, como si no tuviéramos suficiente…

Capítulo 11: Halem

-Hasta pronto hermano -me dijo Halem mientras me abrazaba con fuerza.

-Que Alá sea contigo. Ojalá nos traigas ayuda, pero sobre todo respuestas.

Todos nos habíamos reunido para darle la despedida a Halem. Cada uno aportamos algo para el camino: agua, algo de pan seco de sorbo, algunas naranjas que le durarían varios días. Amira, ibn Hassam, había tejido un precioso pañuelo qarih para que se pusiera alrededor del cuello y todo el mundo supiera que era un hombre muy estimado por los suyos. La joven se estaba comportando como una verdadera mujer. Algunas personas le dieron incluso los canastos para el viaje y yo mismo le dispuse de una mula donde llevar todo lo que la gente le ofrecía. No era un simple acto de altruismo: en Balansiya Halem encontraría respuestas a la mayoría de nuestras preguntas, sobre todo a la más importante: ¿corríamos peligro?

-Toma, primo -dijo Jamal dándole algo envuelto en seda. Halem sabía perfectamente lo que era, y la sola idea de tener que utilizar lo que palpaba bajo la tela le estremeció e hizo que el corazón le latiera a toda velocidad. Una cimitarra como esa no se veía todos los días entre las gentes del campo. Su primo Jamal siempre le había resultado misterioso, pero se daba cuenta por momentos de que sabía muy poco de su pasado. Creo que sólo yo sabía, en aquel momento, acerca del pasado de Jamal. Y aún así era muy poco.

-Espero no tener que destapar nunca estas telas… -se oyó decir.

Abdyel le obsequió con cerámica As-qarraq, de la que es típica entre las gentes del campo. Esperaba que le fuera de ayuda, quizá pudiera ofrecérsela al Qadí de Balansiya… ¡Qué estupidez! Si algo le sobra a un Qadí son joyas y cerámica.

Una gran multitud de niños abrazó a Halem mientras éste, emocionado, esbozaba una sonrisa y una lágrima de incredulidad. Halem no tenía familia, era el más joven de los hermanos, y quizá por eso tenía esa fama de hombre poco valeroso. Pero ya había cumplido 19 años, y debía aprender a ser un hombre a todos los efectos. Le encomendé a él la labor por esa causa, pero en mi corazón apareció un profundo pesar por haber mandado a mi hermano pequeño tan lejos.

El joven se montó sobre la mula, colocó los trastos de manera propicia para estar cómodo y se estiró sobre su asiento. El pañuelo qarih de Amira era de color verde oscuro y ocre, un color que casi hacía juego con las cejas pobladas y cobrizas de Halem, igual que con su bigote fino pero frondoso. Su mirada esbozaba miedo, pero sobre todo tristeza. Sin embargo, de alguna manera nunca había visto a mi hermano con el pecho tan henchido en orgullo. Sabía que iba a hacer algo importante.

Desde la torre le vimos desaparecer con el sol en lo más alto. Allí estábamos toda Bofilla: los ibn Hageg, ibn Hassam, ibn Abdyel, ibn Jamal,ibn Ghefer, ibn Samir y los ibn Zaid. Desde luego, no estaba la recién llegada, pero no por falta de interés en verla. Sólo Abdul la había visto y yo tenía mucho interés en conocerla. En Bofilla todos somos familia, y si iba a vivir en Bofilla debíamos conocerla todos. En fin, muchos nombres y mucha gente. Cómo deseaba en ese momento no haber enviado a mi hermano a un camino sin retorno, a la imposibilidad de que algún día hubiera unos ibn Halem… Que Alá le guarde.

No sé cuál fue la causa de mi decisión. Algo me decía que no había echado en falta a la nueva por nada. Sentía la necesidad de conocerla y ver quién era. Mientras contemplé el horizonte con la mirada perdida, Jamal me sacó de mi trance. Su conversación parecía una respuesta a una previa lectura de mi pensamiento.

-Hace ya unas semanas que no veo a Jyrieq, el hijo mayor del faqir Gheser -me dijo mientras me apretaba el hombro.

-Ese joven no sale nunca de casa -zanjé-. Es una vergüenza para su padre, tan anciano como es. 

Pero Jamal me seguía mirando con el gesto fruncido.

-Tengo que contarte algo serio -me tomó del brazo y me llevó con discreción lejos de la torre, junto a la Gran Acequia que se adentra hacia el interior del territorio, más allá de Bofilla y de los pueblos circundantes.

-¿Qué ocurre?

-Hageg, tú sabes que yo soy un hombre de armas… -pronunció con voz baja, como si aquellas palabras no pudieran ser lanzadas con tanta facilidad.

-Nunca he hablado de tu pasado con nadie, Jamal. La gente sólo ha oído rumores, es normal, pertenecías al ejército…

-Basta -me interrumpió-: esto no tiene nada que ver conmigo. No he sido sincero contigo desde que llegué a Bofilla, pero ahora tengo algo que decirte. ¿Has oído hablar de los Profetas-Guerreros de Alá?

-¿Los Hahaliés? -dije utilizando el término abreviado que todo el mundo conocía-. Todos hemos oído hablar de ellos, pero sinceramente, nunca he visto a esas gentes patrullando el campo y liberándolo de los males que van contra Alá. No creo que existan.

-Lo soy, Hageg. Y también lo es Jyrieq -pude ver en sus ojos cómo mi sorpresa le había llenado de una especial ansiedad por explicarse-. Nuestra obligación no es sólo proteger el campo de los pequeños pleitos que surgen entre las aljamas cuando estos se vuelven especialmente fuertes. También tratamos de que se cumpla la Sumna cuando ésta se viola sin ton ni son y nadie hace nada por evitarlo. Pero nuestra situación ha cambiado mucho desde los Rum. Ahora también tratamos de informarnos entre los miembros sobre el estado de amenaza de la aljama…

-¿Y me lo dices ahora, Jamal? Entonces cómo es que dejas que mande a Halem a Balansiya…

-No tenemos noticias de Al-Naqira hacia el norte -interrumpió, cortando también la respiración acalorada que me nacía por dentro-. Lo que te dije era cierto, nos fuimos porque no podíamos más. No me huelo nada bueno al respecto, Hageg. Muchos pueblos como el mío han acabado yéndose porque no aguantaban más a los Rum. Pero no es de eso de lo que quiero hablar ahora…

-¿Y qué ocurre? -inquirí.

-Ese chico, Jyrieq, formaba parte de los Hahalíes. Él y yo nos veíamos a escondidas muchas veces, intercambiábamos información y tratábamos de tomar medidas para mantener la paz en Bofilla.

-¿Es que algo amenaza la paz? -entoné muy preocupado.

-Esa chica, Hageg. La nueva… -dijo mirando hacia el norte, como si pudiera ver su alquería desde la lejanía-. No hemos llegado a averiguar nada de ella, pero no creemos que sea de fiar. Jyrieq estaba contactando con gentes de otras aljamas. Ni te imaginas lo de lejos que llegan las noticias dentro de los Hahalíes. El caso es que… -respiró hondo-, Jyrieq llevaba unas semanas investigando sobre ella. Y después dejó de ponerse en contacto conmigo.

-¿Eso es todo? -respiré aliviado- ¿Has pensado en ir a su casa a buscarle? -reí. Sí, reí. Qué curioso, nunca suelo reír… y es agradable…

-No está en su casa. Nos vemos semanalmente, y faltó a sus últimas citas. Un Hahalí NUNCA falla a su palabra aunque le cueste la vida. Necesitamos de nuestro compromiso.

Miré al suelo, como hago siempre cuando me frustro. Había hecho surcos con el pie derecho sobre la tierra, tanto que casi me cabía el pie entero. Después dejé de escuchar a Jamal y me concentré en sentir el calor del mediodía en mi cuero cabelludo mientras respiraba hondo y llenaba mi pecho de los aromas de primavera y a jazmín. ¿Podría algún día sentir esos aromas sin temor a perderlos para siempre?

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